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11 nov 2025
Después del análisis del vínculo entre edificación y biodiversidad que realizábamos en nuestra anterior entrega, centramos ahora nuestra atención en otro vector de la policrisis cuya conexión con nuestro sector resulta, si cabe, aún menos evidente: el agua. El Informe País 2024 de GBCe —que hemos tomado como guion para desarrollar los artículos de este año 2025— identifica como urgente transformar la relación de los entornos construidos con el agua. Para abordar este tema, le hemos pedido al arquitecto Víctor Viscor que nos ayude a comprender y contextualizar la necesidad de este cambio. Como en ocasiones anteriores, abrimos la conversación preguntándole hasta qué punto estamos ante una urgencia y, en ese caso, cuáles son, a su juicio, las causas de que todavía no se perciba como tal en el conjunto del sector.
“La sequía, las tormentas y las inundaciones son el factor climático que desplaza a más gente en todos los países del mundo. No estamos en el buen camino”
“Creo que es evidente que tenemos que empezar a gestionar mejor el recurso del agua. Se están haciendo cosas, pero no siempre en la dirección adecuada”, asegura. En opinión de Víctor, la respuesta más rápida con la que nuestra sociedad suele encarar los grandes retos llega de la mano de la ingeniería, aunque se pregunta si este es realmente el mejor camino. “Ayer justo estaba viendo un documental sobre el sistema Mose, en Venecia. Es un sistema de compuertas que evitan que el acqua alta entre en la ciudad, que lleva ejecutándose desde 2003 y entró en funcionamiento en 2020, con un coste anual de aproximadamente 100 millones de euros".
“¿Hasta qué punto es necesario depender de la ingeniería para evitar estos problemas? ¿No es mejor adaptarnos de otra manera a las dinámicas naturales?”
“Ya en su informe anual de 2019 la ONU apuntaba que otra vía posible y complementaria eran las soluciones basadas en la naturaleza”, apunta. No es la primera vez que en estas charlas con especialistas surge el debate en torno a la mirada con la que enfrentamos este tipo de situaciones. En muchas ocasiones, lo que hoy parece una solución termina mostrando efectos contraproducentes con el paso del tiempo. Ese cambio de enfoque —menos convencional y más sistémico— es precisamente el que nos interesa analizar. Como señala el Informe País 2024 de GBCe, la clave está en la suma de la acción y la adaptación, una estrategia identificada en aquel trabajo con el término “adaptacción”, que nos enfrenta directamente con la cuestión de los plazos de intervención, a menudo contradictorios, requeridos en actuaciones urgentes.
Víctor explica su punto de vista en relación con la gestión del agua:
“El agua es un vector muy interesante porque las soluciones a corto plazo son, en principio, más viables a pequeña escala. Sin embargo, cuanto mayor es la intervención —a escala ambiental o territorial—, mejor es la solución que se puede dar”
¿Entonces a qué escala debemos trabajar?. Para este especialista, “no es en ni una ni otra, sino en todas a la vez. Este debería ser el papel de las políticas en gestión ambiental: sincronizar la acción a todas las escalas”.
La falta de alineación de los intereses —generalmente económicos— de todos los actores involucrados constituye una barrera importante para implementar este modelo. La financiarización del sector, aspecto que también ha suscitado comentarios por parte de otros invitados, se convierte a menudo en un obstáculo para poner en marcha soluciones impecables desde el punto de vista ambiental, técnico y económico.
Al analizar por qué la urgencia hídrica aún no moviliza al sector, Viscor traza un paralelismo con otras crisis recientes:
“Veíamos acercarse la pandemia, sabíamos lo que estaba ocurriendo en China e Italia, pero hasta que no llegó a España no terminamos de ser conscientes. Luego la pandemia terminó y casi no nos acordamos de aquello.”
Esa dificultad para actuar antes del impacto directo es, según este arquitecto, uno de los mayores desafíos. “Es curioso cómo la humanidad, en general, se enfrenta a estas crisis. Hasta que no las sufre directamente, difícilmente cambia cosas. Por eso yo creo que la comunicación del problema tiene que ser muy directa, muy asertiva y muy clara. No tiene que ser catastrofista, no tiene que ser alarmista, pero sí tiene que poner las cosas en su sitio. Y en ese sentido, los datos ya muestran que las crisis llegan mucho más rápido de lo que estaba previsto”, explica Víctor, que insiste en que nuestra forma de relacionarnos con el agua —muy limitada— está quizás en la raíz del problema. “Utilizamos el agua básicamente para deshacernos de nuestros residuos, sin ser conscientes. Hacemos entrar el agua en nuestras casas para limpiar cosas, para limpiarnos, para que arrastre toda la suciedad y se vaya. Nada más”, señala. “No sabemos convivir con el agua. Venecia, por ejemplo, se fundó ahí por motivos defensivos. Los canales ni se tocan, la gente no se baña. Ya ni siquiera se bebe el agua de lluvia que se recoge en sus plazas”.
“Tenemos una relación de amor-odio con el agua. La queremos cerca para aprovecharla, pero no demasiado, por si da problemas”.
Para nuestro especialista, la clave está en cambiar nuestra visión del agua: “Debemos verla como el soporte imprescindible para que las cosas funcionen. El agua genera vida, el agua riega plantas, el agua también es una inercia climática térmica enorme. Sin agua, el efecto isla de calor aumenta, la biodiversidad disminuye, la sequedad del sitio también. El agua dinamiza la matriz de biodiversidad de las ciudades”.
“Reducir la cantidad de agua dedicada a disipar residuos y mantener el ciclo cerrado del agua son aspectos fundamentales”, asegura. “Baños y urinarios secos, lavadoras y lavavajillas que cada vez utilizan menos agua, estrategias comunitarias para reducir los ciclos de lavado de ropa. Ese es el camino”.
Le pedimos a Víctor que nos hable sobre las estrategias a escala de edificio, nuestro ámbito más habitual de trabajo. “Una edificación en sí es una pieza muy pequeña del puzle de la gestión del agua. Hay que abrir el foco para ver cómo funciona la ciudad en el modelo hídrico general. Puedes aportar tu granito de arena desde el edificio para que ese modelo tenga sentido.”
“Es difícil que un edificio en particular influya mucho, pero la agregación de pequeñas piezas puede generar comunidades, modelos, ciudades y territorios que gestionen el agua de manera sostenible”.
Para Víctor, todo empieza planteándose cómo llega el agua hasta el edificio: “Lo primero es preguntarse de dónde viene y cómo lo hace: de la red de abastecimiento, de una lluvia que cae, de un freático cercano…”. De forma similar, debería analizarse también cómo sale: “La idea es detectar todas las entradas y salidas de recursos hídricos del edificio, valorando su cantidad y su calidad”, explica.
El proceso continuaría siguiendo un guion de cinco pasos, tal como describe: “Empezamos con la gestión de la demanda, incluyendo aspectos como la concienciación de los usuarios. Después hacemos un estudio de los equipos que incorporaremos, revisando su eficiencia, tratando de mejorarla y ajustar su consumo. Una vez reducido al máximo el consumo, investigamos qué recursos hídricos alternativos podríamos gestionar con esos mismos equipos para optimizar su utilización. A continuación, nos planteamos qué oportunidades tenemos para recircular algunos vectores de agua, como las aguas grises. Y finalmente, se trataría de devolver el agua con la máxima calidad”.
“Cualquier proyecto debería partir de una comprensión integral del ciclo del agua y, a partir de ahí, buscar soluciones en cada fase.”
Cuando le preguntamos por la motivación de sus clientes para acometer sus proyectos con esta visión, reconoce que el factor decisivo, en la mayoría de los casos, es la concienciación de quien promueve el edificio. Sin embargo, si el objetivo es avanzar en la escala de implementación, deberíamos encontrar argumentos que generalicen esta forma de entender la gestión del ciclo del agua, especialmente cuando algunas fases de este ciclo permanecen ocultas. Uno de los incentivos más claros, al menos para el usuario final, es el importe de su factura. “Reducir hasta un 30-40% el consumo de agua en mi casa es sencillo, lo único que tengo que hacer es poner reductores de caudal y aireadores en mis grifos. O puedo cerrar el grifo mientras hago otras cosas.”
“Sólo con buenas prácticas se puede reducir el consumo casi un 50%. La paradoja es que la factura no se reduce a la mitad. Y precisamente ahí habría que cuestionar el modelo de gestión.”
“Se da la circunstancia de que la gestión económica del recurso agua de una ciudad recae en una única empresa, algo que no ocurre con ningún otro sector económico”, indica. Tras revisar la situación de algunas ciudades, concluye: “Dependemos de la empresa concesionaria y del rédito económico que obtenga. Pero creo que hay muchísimas maneras de facturar estos servicios para que las empresas sigan ganando lo mismo incentivando la reducción de consumo para quienes quieren ahorrar más”. La distinción entre coste y valor es otro de los temas que recurrentemente surge en nuestras conversaciones con especialistas. En un sistema de gestión fuertemente financiero como el actual, la dificultad para desacoplar la acción justa de su gestión económica afecta a la puesta en marcha de soluciones menos convencionales, como las basadas en la naturaleza. Hemos convivido durante siglos con el agua, promoviendo su cosecha e incluso su cultivo, pero hoy aquellas tecnologías nos parecen obsoletas. ¿Ha desaparecido la cultura del agua?, nos preguntamos con Víctor. “Yo creo que lo que hemos perdido es la conciencia de que el agua, al final, es lo que nos hace sobrevivir. El ser humano, por naturaleza, tiende a agarrarse a lo que le permite sobrevivir.”
“El instinto de supervivencia es el que sigue mandando, por eso necesitamos concienciarnos de que el impacto que estamos generando con nuestras prácticas tiene una repercusión muy grande”
En su análisis, Víctor va más allá: “La pregunta sería, ¿qué impactos o qué costes estamos externalizando y cuáles estamos internalizando? Porque lo que hacemos en la sociedad moderna occidental es coger lo que ha estado durante miles de millones de años acumulándose y generándose por sí mismo como recursos primarios, y gastarlos muy rápido, generando residuos que ya gestionarán otros.”
“La externalización del impacto es parte del coste real. Deberíamos adoptar modelos basados en impactos reales, no solo económicos. Si no, estamos jugando con reglas diferentes”
En su opinión, eso explica por qué, a pesar de que, al menos en teoría, quien contamina paga, “sale más a cuenta pagar que hacer las cosas bien”.
A esta problemática se suma otra que hace del agua un factor aún más complejo: “Estamos no solo ante un cambio en la disponibilidad y la variabilidad de los flujos de agua (llueve menos, pero cuando lo hace sucede en mucho menos tiempo), sino ante un cambio en la calidad del agua”. Por este motivo, el reto de captar el agua lo más cerca posible —y en la menor cantidad— se acentúa cuando nos planteamos devolverla también lo más cerca posible y con la mejor calidad: “Si las ciudades fueran capaces de tener una red separativa para que las aguas pluviales y grises no se mezclaran, podríamos reutilizar ambas para diferentes usos, a medida que se va reduciendo su calidad”. La dificultad surge cuando esa actuación implica intervenir en las infraestructuras urbanas existentes. “Si cuando llegó la fibra óptica a nadie le importó levantar las calles para cambiar todo el sistema de telecomunicaciones, sería porque a la gente le interesaba que hubiera una buena comunicación. ¿Pero qué pasaría si esto mismo se planteara para hacer una red separativa?”.
Quizás valdría la pena cuestionar las prioridades de la planificación territorial y arbitrar instrumentos que integren estas capas invisibilizadas de actividad urbana relacionadas con la biodiversidad y sus procesos. Como reflexiona Víctor, con referencia casi inevitable a la DANA de 2024 en Valencia, “al final se inundó lo que se tenía que inundar. El problema era si la gente tenía que haber construido sus casas ahí, si la gente que puso dinero para construir edificios en zonas inundables tenía el derecho de hacerlo”. Retomando el hilo sobre la calidad del agua, Víctor afirma que “la reflexión sobre la calidad es para mí una de las que tienen más futuro a nivel de gestión del agua. Creo que es posible técnicamente garantizar un suministro mínimo para mantener nuestro bienestar, pero sí vamos a tener que reducir nuestras actividades relacionadas con el agua debido a su calidad.”
“Estamos en un punto de inflexión ambiental en este sentido. Se están encontrando ya microplásticos incluso en glaciares o lugares de alta montaña porque esos microplásticos se evaporan, se transportan y entran dentro del ciclo del agua. Es un problema que la tecnología y la ingeniería de hoy no están abordando y que no será sencillo acometer”
El reto que plantean todas estas cuestiones alcanza incluso la forma habitual de ejercicio profesional en arquitectura y arquitectura técnica, que —a la vista del alcance y la profundidad de las urgencias que hemos analizado— requiere una revisión orientada a la integración de perfiles y al trabajo interdisciplinar. De algún modo, esa es la orientación que Víctor, junto con el resto de socios de Societat Orgànica, ofrece desde su consultora: “Intentamos que siempre que se tomen ese tipo de decisiones se sea consciente del camino que se está tomando. No prohibimos a nadie tomar la decisión de no poner una máquina de grises o de no poner reductor de caudal en los grifos. No queremos hacer sentir mal a nadie, simplemente visibilizamos la situación en la que se encuentra el proyecto a nivel de impacto ambiental. Lo que hacemos es decir: ‘si haces esto, tu impacto será este; si haces esto otro, tu impacto será el otro’.
“Creo que medir las cosas y decir lo que hay es la mejor forma de convencer a las personas de que hay otras maneras de hacerlo. Somos el pepito grillo de los arquitectos”
Llegados a este punto, le pedimos que proponga intervenciones en las que, como arquitectos técnicos —con un perfil más vinculado a la ejecución material de las obras—, podamos ser partícipes del cambio de visión del que hemos hablado. “Dentro de la actividad que desarrolláis, yo me focalizaría en la rehabilitación hídrica.”
“De forma similar a como se plantean las rehabilitaciones energéticas, consistiría en realizar un diagnóstico y un programa de actuaciones mínimas en torno a la gestión del agua a escala edificio, para que tenga el menor impacto ambiental”
Víctor concreta más su propuesta: “Desarrollar un catálogo de soluciones constructivas para rehabilitar el sistema de infraestructuras hídricas de un edificio sería un trabajo muy interesante: rehabilitar la red de bajantes y colectores de pluviales, desviarla a pequeños depósitos ubicados en bajocubiertas o plantas bajas, etc. La ciudad iría así, poco a poco, cambiando y adaptándose, sin tirar nada de lo que existe, a las nuevas necesidades. Estas pequeñas intervenciones, casi de acupuntura urbana, no son nada desdeñables: desde la rehabilitación de grifos, inodoros o sistemas que reducen el consumo de agua, hasta la inserción de depósitos o máquinas de grises. Y prever que todo lo que se haga de nuevo sea susceptible de ser cambiado”.
No queremos terminar sin pedirle a Víctor una recomendación para quienes deseen iniciarse en este cambio de perspectiva: “Tener curiosidad por todo es el primer paso. Cada vez que vas a algún sitio, pensar de dónde le llega el agua como recurso principal. ¿Del agua de lluvia, del freático? Preguntarse por el camino del agua, desde su inicio de verdad hasta su final de verdad. Incluso, si estamos en una ciudad con historia preindustrial, preguntarse cómo era ese ciclo antes de que se generalizaran el bombeo”.
Víctor añade una recomendación más: “Formarse y cultivar el propio interés. Y luego vehicularlo a través de artículos o formaciones específicas, como las que imparten los Colegios profesionales”.
Concluimos con una reflexión final: “Albert Cuchí, un verdadero mentor para Societat Orgànica, dijo que el agua es el indicador de sostenibilidad más determinante de una sociedad.”
“Cómo nos relacionamos actualmente con el medioambiente, y con el agua en particular, es seguramente la mayor evidencia de que nos encontramos ante una urgencia real”
__________________________________________________________ Víctor Viscor Pagès, arquitecto barcelonés licenciado en la Universidad de La Salle, cursó estudios de máster en la Universidad Politécnica de Catalunya sobre Intervención Sostenible en el Medio Construido (MISMeC). Se incorporó en 2018 en la cooperativa de asesoramiento ambiental Societat Orgànica, ganadora recientemente de la medalla de Honor del Colegio de Arquitectos de Catalunya (COAC), y actualmente participa como profesor en varios posgrados en la Escola Sert del COAC. Es experto en asesoramiento energético en edificación y se ha especializado en el vector hídrico, participando en proyectos como Santander Hábitat Futuro o las Superilles de l'Eixample de Barcelona. Más información: https://societatorganica.com/
• Green Building Council España. (2024). Informe país 2024: AdaptAcción para una sociedad resiliente. https://www.gbce.es/documentos/informe-pais-2024-gbce.pdf • Societat Orgànica. (2020). Estrategias para una edificación sostenible y viable. https://societatorganica.com/ • Ayuntamiento de Santander. (2022). Santander 2055 – Hábitat futuro: Urbanismo regenerativo. https://santanderhabitatfuturo.com/ • European Commission. (2025). New European Bauhaus Prizes: Winners. https://prizes.new-european-bauhaus.europa.eu/winners-prizes • Naredo, J. M. (s.f.). Sobre la insostenibilidad de las actuales conurbaciones y el modo de paliarla. Universidad Politécnica de Madrid. https://habitat.aq.upm.es/cs/p2/a007.html • Rockström, J., Gupta, J., Qin, D., et al. (2023). Safe and just Earth system boundaries. Science, 380(6648), 102–111. https://doi.org/10.1126/science.abg5433 • Naredo, J. M. (2007). La sostenibilidad de las ciudades: Un enfoque crítico. AUS: Arquitectura, Urbanismo y Sustentabilidad, (13), 91–104. http://revistas.uach.cl/pdf/aus/n13/art09.pdf
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