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Profesionales de la arquitectura técnica ante el cambio climático

6
may
2026

Energía: de la eficiencia a la suficiencia

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Llevamos ya varios números analizando, con la ayuda de distintos especialistas, las urgencias que el Informe País 2024 de GBCe identifica como palancas de cambio inevitables para el sector de la construcción. En todos los casos, el punto de partida ha sido el mismo: la constatación de que el cambio climático no es la causa de fondo sino un síntoma de algo más profundo, y de que las respuestas del sector han tendido a simplificar los problemas hasta el punto de orientar las soluciones de una forma, cuando menos, cuestionable.

En esta entrega abordamos el vector de la energía, que sigue siendo, al menos en la narrativa pública y en el marco normativo, el eje sobre el que gira la mayor parte del debate sectorial. Lo hacemos de la mano de Luca Volpi, arquitecto especializado en sostenibilidad con formación en Italia y Alemania, socio de Societat Orgànica —consultora ambiental que ya conocemos por la participación de otros de sus socios en artículos anteriores de esta serie— y director del Máster en Arquitectura Sostenible (PAS) de la Escola Sert del Colegio de Arquitectos de Cataluña.

Volpi es un interlocutor incómodo en el mejor sentido del término. Desde los primeros minutos de nuestra conversación queda claro que no ha venido a celebrar los avances de la eficiencia energética ni a vender soluciones técnicas. Ha venido, ante todo, a cuestionar el marco desde el que las formulamos. Y al hacerlo, se dirige también, sin rodeos, a quienes ejecutan ese marco a diario, los profesionales de la arquitectura técnica.

 

Planteando el problema

Nuestra conversación comienza, deliberadamente, desde lejos. Luca nos propone algo que no suele ocurrir en los debates técnicos habituales: antes de entrar en soluciones, detenerse a revisar si el problema está bien formulado.

"Ya al identificar el cambio climático como eje de nuestras acciones estamos poniéndole nombre y apellido y reduciendo a un tema específico una realidad mucho más compleja", arranca. "El cambio climático, como lo vemos nosotros, no es en sí el problema sino que es un síntoma de un problema más grande, que es nuestro modelo de vida, nuestro modelo del consumo y del crecimiento infinito. Y al plantear el problema de esta manera también simplificamos las soluciones, y cuando simplificamos las soluciones, a veces nos equivocamos".

El relato que ha dominado la respuesta técnica al cambio climático desde el sector de la edificación se resume en una ecuación aparentemente impecable: el problema son las emisiones de CO2, luego la solución está en maximizar la eficiencia energética y el uso de las llamadas energías renovables. Luca no niega la pertinencia de ninguna de las dos estrategias, pero señala con precisión dónde fallan. En el caso de la eficiencia, recurre a un economista inglés del siglo XIX: "Hay un economista inglés, Stanley Jevons, que en la industria del carbón ya decía: ir a motores más eficientes hará no que consumamos menos sino más. Y ha sido muy previsor, porque efectivamente es lo que ha ocurrido. Somos mucho más eficientes por unidad de consumo, pero en total estamos consumiendo mucho más. Y lo sabemos desde hace más de 150 años".

"El cambio climático no es el problema sino el síntoma de algo más grande: nuestro modelo de consumo y de crecimiento infinito. Al simplificar el problema, simplificamos también las soluciones y a veces las dirigimos mal."

En el caso de las renovables, la crítica no es de principio sino de enfoque: "No es que yo sea antirrenovable, todo lo contrario, son tecnologías muy válidas y muy importantes. Pero si las enfocamos como tecnologías que sustituyen uno a uno a los combustibles fósiles, nos estamos equivocando, porque no tienen las mismas propiedades. Son intermitentes, no son densas como el petróleo o el gas, son difusas en el territorio. Y sobre todo nos estamos enfocando en la electrificación de todos los consumos, algunos de los cuales son muy complejos de electrificar, sobre todo a nivel industrial". La electrificación masiva choca además con una realidad física que no desaparece por decreto: una red eléctrica que ya acusa la presión de más demanda y más calor, y que en muchas ciudades españolas cede cada verano.

El diagnóstico de Luca no es catastrofista. Es, en el fondo, una llamada a la precisión intelectual: si el problema está mal planteado, las soluciones también lo estarán, por muy sofisticadas que sean técnicamente.

 

La suficiencia: el concepto clave

Frente al mantra de la eficiencia aparece en nuestra conversación un concepto que Luca considera central y que, sin embargo, brilla por su ausencia en los marcos normativos vigentes: la suficiencia.

"La eficiencia por sí misma es la que medimos, la que evaluamos y la que certificamos mediante la certificación energética. La unidad de esa certificación es el kWh por metro cuadrado, o las emisiones de CO2 por metro cuadrado. Pero no estamos limitando el metro cuadrado", explica. "Es como si yo tuviera un presupuesto limitado para comprar una vivienda y el vendedor me dijera que vale 3.000 euros el metro cuadrado. Vale, ¿pero cuántos metros cuadrados son? Si no lo sé, no puedo saber si me la puedo comprar o no. Lo mismo pasa con el CO2: tenemos un crédito de carbono hasta 2050 porque queremos descarbonizarnos, sabemos el total que podemos emitir, pero no lo estamos evaluando, porque lo hacemos por metro cuadrado y supuestamente podemos construir metros cuadrados infinitos. Limitar aquello es un ejercicio de suficiencia: hacer lo justo y necesario".

Para ilustrar cómo los marcos culturales heredados nos impiden cuestionar estos supuestos, Luca recurre a un ejemplo que tomó de Sapiens, de Yuval Noah Harari: el césped. "Harari hace el ejercicio de preguntarse de dónde viene el césped como forma por defecto del jardín. Y lo remonta a finales de la Edad Media, cuando los señores del norte de Francia y del sur de Inglaterra encontraron en el césped un instrumento para demostrar su poderío: podían dedicar hectáreas a un uso no productivo. Con el tiempo pasó a entornos burgueses y hoy lo tenemos todo el mundo. Sin embargo, es un ecosistema de un clima específico que requiere riego constante. Y no lo cuestionamos. Tampoco cuestionamos la cadena de recursos que necesitamos para crearlo y mantenerlo. En cambio, si hacemos el ejercicio intelectual de decir, aquí esto no es necesario, llegamos a un ahorro real y no teórico, muy potente".

"Limitar el total construido, no sólo el consumo por metro cuadrado, es el ejercicio de suficiencia que falta en nuestro sector y en nuestra sociedad."

Ese mismo ejercicio, aplicado a escala de proyecto, es lo que Societat Orgànica practica en cada encargo. "A nosotros nos gusta sentarnos en la mesa a la que nos llamen e intentar siempre hacer un paso atrás, ampliar la mirada y cuestionar el programa, el porqué de las cosas", describe Luca. Una práctica que, en un sector acostumbrado a responder al cómo sin detenerse en el por qué, resulta más contracultural de lo que parece.

 

La trampa normativa

Luca tiene una relación ambivalente con la normativa. Reconoce la necesidad de marcos regulatorios que limiten los daños. Pero advierte con igual claridad del riesgo de convertirlos en el único horizonte de actuación, sobre todo cuando esos marcos acumulan capas sin revisar la lógica que las sostiene.

"El problema de las normativas como la EPBD o el Código Técnico es que son cada vez más capas añadidas: ahora contrólame esto, y también esto, y también esto. Y ahí también está el problema de la falta de visión sistémica", señala. Para ilustrarlo recurre a los orígenes del CTE: "Cuando salió el Código Técnico en 2006, el apartado de eficiencia energética pedía ventanas súper eficientes y súper estancas. Pero el apartado de salubridad quería unas renovaciones de aire brutales. Entonces, en esas ventanas carísimas tenías que tener un hueco para una ventilación permanente. Era el espejo caricatural en el que no queríamos vernos reflejados". Un problema de coherencia interna que el tiempo no ha resuelto, sino multiplicado.

El mismo patrón reaparece en la normativa acústica. "La normativa acústica me obliga, cuando hago un edificio nuevo en el centro de Barcelona, a hacer unas fachadas y unas ventanas con unos requerimientos acústicos que me hacen gastar mucho más dinero y generar más impacto ambiental. El problema no lo tengo yo: lo tiene quien va con la moto ahí debajo. Pero en vez de resolver el problema en la fuente, nos lo tenemos que comer todo". Lo fácil administrativamente y políticamente, concluye, frente a lo complejo y caro tecnológicamente: externalizar el problema a la tecnología en lugar de afrontarlo con soluciones de inteligencia y de educación.

La consecuencia práctica para el profesional no es menor: "Nos van a pedir contar cosas que no conocemos y que no sabemos contar, y además pagándonos lo mismo, que es la maldición de nuestro sector. ¿Quién me paga a mí para que haga el cómputo del CO2 y, además, que sepa qué quiere decir? Eso quiere decir hacerlo mal. Cumplir expediente". Si el diagnóstico resulta incómodo para el lector, es precisamente porque describe algo que muchos reconocerán en su práctica diaria.

"Nos veremos cada vez más obligados a buscar las rendijas entre las normativas para intentar hacer las cosas bien, no como producto técnico, sino para sobrevivir como seres humanos."

 

La estrategia de los espacios intermedios

La respuesta práctica que ha desarrollado Societat Orgànica no es ignorar la normativa sino, en algunos casos, redefinir el tipo de espacio para salir de su ámbito de aplicación. Así nacen los espacios intermedios: ni interiores ni exteriores, sin obligación de climatizar, ventilar ni certificar, y con toda la libertad de diseñar en función de prestaciones reales. "Si nosotros definimos unos espacios que no son interiores, de repente la normativa no aplica y no tengo que cumplir ningún expediente. Sólo tengo que diseñar bien". Bien en el sentido de que las prestaciones funcionen de verdad, no de que las fichas estén firmadas.

La imagen que Luca utiliza para situarnos es la del cuadro —que atribuye al pintor Ramón Casas— titulado Interior al aire libre: un aparente oxímoron que, sin embargo, describe exactamente lo que persiguen. Y añade un criterio que resume bien la filosofía de fondo: "La simplicidad y la robustez de las soluciones son fundamentales para que las personas las sepan entender y las puedan utilizar. Y si se rompe algo, que el vecino del barrio te lo pueda reparar, y no dependamos de un ingeniero japonés que venga a resolvernos el problema".

 

Cinco edificios que ya lo están demostrando

Lo que convierte esta propuesta en algo más que una posición teórica es que ya existe construida y funcionando, en varios proyectos en los que Societat Orgànica ha participado como consultora. Los citamos aquí no como catálogo de buenas prácticas sino porque, como hemos subrayado en entregas anteriores de esta serie, la urgencia se hace más creíble cuando tiene rostro, nombre y dirección postal. Y porque, para el lector que se pregunta si todo esto es viable fuera del laboratorio, saber que son vivienda social, centros cívicos y edificios de investigación pública puede ser la respuesta más útil que puede ofrecer este artículo.

El primero y más paradigmático es el edificio ICTA-ICP en el campus de la Universitat Autònoma de Barcelona, en Bellaterra, proyectado por DATAE y construido entre 2010 y 2014. La sede del Instituto Catalán de Tecnologías Ambientales tiene un promotor sensible a las cuestiones ambientales, lo que hizo posible una decisión que en aquel momento resultó audaz: el cincuenta por ciento del volumen total del edificio —todos los espacios de distribución interior, los atrios— se concibió sin climatización activa ni ventilación forzada. "De un solo golpe, el 50% del volumen del edificio no lo tienes que ventilar, ni enfriar, ni calefactar. Eso es un ahorro en coste inicial, en CAPEX, muy alto, y en operativo, en OPEX, todavía más, porque no tienes que mantener sistemas que no están". Luca cita, con una sonrisa, al fundador de Piaggio: "Lo que la moto no tiene no se va a romper".

Edificio ICTA-ICP, Universitat Autònoma de Barcelona (Bellaterra) (1)

El segundo ejemplo traslada la misma lógica al entorno urbano denso de Barcelona: la renovación del edificio de la Lleialtat Santsenca, un centro cívico en el barrio de Sants proyectado por HArquitectes. El proyecto genera un pasaje interior que es, de hecho, un espacio intermedio: sin clima, sin ventilación, sin acabados en sus paramentos. El día de la inauguración, algunos vecinos llegaron ofreciéndose a ayudar a pintar. "No. La idea era dejarlo justamente así, tanto por razones de patrimonio histórico, como por no poner acabados que no vemos necesarios o añadir más materiales de lo que haga falta".

Centro cívico Lleialtat Santsenca, Barcelona (2)

El tercer caso es quizás el más conocido: el edificio de vivienda cooperativa La Borda, en el barrio de Can Batlló de Barcelona, proyectado por LACOL. La negociación con los técnicos de instalaciones fue, según Luca, reveladora: "Fue una lucha constante con la ingeniería en aquel entonces, porque nosotros decíamos, mira, a mí en las simulaciones me da que la calefacción la necesitas encender dos veces al año. Y para eso, yo no la pondría. Pero un edificio sin calefacción, ostras…". El compromiso fue instalar un radiador del tamaño de un folio DIN A4 en cada vivienda. Ocho años después de la entrega, los habitantes han encendido la calefacción tres veces en total.

Edificio de vivienda cooperativa La Borda, Can Batlló, Barcelona (3)

El cuarto proyecto introduce una dimensión que consideramos especialmente relevante para el lector de esta serie: la del manual de uso como herramienta de participación. El edificio de vivienda social en Sant Just Desvern, promovido por el Institut Metropolità del Sòl (IMSOL) y proyectado por DATAE, incorpora galerías y espacios intermedios como reguladores pasivos. Lo que lo hace singular es que viene acompañado de un documento gráfico, tan visual como el manual de cualquier electrodoméstico: en invierno, pon así; en verano, pon así; de noche, así; de día, así. "El edificio tiene un manual de uso porque tiene unos elementos muy sencillos. Y eso ayuda a que el edificio se opere bien y a que las personas se sientan partícipes de que esto está funcionando bien". La campaña de monitorización posterior, con encuestas a los residentes, obtuvo un retorno de satisfacción muy alto. "Aprendemos todos", concluye Luca.

Vivienda social en Sant Just Desvern (Barcelona) (4)

El quinto ejemplo lleva el concepto más lejos todavía, en términos tanto materiales como climáticos. El edificio Raw Rooms, en Ibiza, promovido por el Institut Balear de l'Habitatge (IBAVI) y proyectado por Peris+Toral Arquitectes, es un edificio de vivienda social de cinco plantas construido con tierra compactada como sistema estructural, de cerramiento y de partición vertical. No tiene ningún sistema de calefacción ni de refrigeración. "La inercia térmica, la capacidad higroscópica de la tierra, la ventilación cruzada y la protección solar hacen el trabajo". La imagen que Luca guarda de la visita de obra lo dice todo: "Fuimos con el arquitecto en julio, al mediodía. Los albañiles estaban haciendo el descanso del bocadillo y en vez de estar en la caseta con el aire acondicionado, estaban dentro, sin ventanas todavía ni nada, porque ese frescor ya se notaba muchísimo". Si hay un corte de electricidad en ese edificio, nadie se da cuenta. Eso es resiliencia real.

Edificio Raw Rooms, 43 viviendas sociales IBAVI, Ibiza (5)

"Lo que la moto no tiene no se va a romper. Y si se rompe algo, que el vecino del barrio te lo pueda reparar, sin depender de un ingeniero japonés."

 

El confort más allá de la temperatura

Atravesando todos estos ejemplos hay una revisión conceptual que Luca desarrolla con especial énfasis y que merece atención detenida: la del confort adaptativo frente a lo que él llama, con un neologismo propio, el temperaturismo.

"Cuando simplemente miramos la temperatura del termóstato —porque al final el RITE te dice que tienes que estar diseñando el edificio para que esté entre 23 y 25 grados— lo que estoy haciendo es reducirlo todo a un parámetro de los muchos que tienen que ver con el bienestar de una persona. Esto yo lo llamo temperaturismo, porque es como una ideología vinculada a un único parámetro". Una simplificación que, al hacernos intelectualmente más cómodos, nos ofrece la misma solución para todos. Que es, dice Luca, exactamente lo que no funciona.

Las consecuencias de esta simplificación son visibles y documentadas. Luca cita un estudio del RIBA, la Asociación de Arquitectos Ingleses, realizado en 2016 sobre las escuelas construidas en el Reino Unido con promesas de alta eficiencia energética y calidad del aire interior gestionada por sensores de CO2: el 95% de los edificios estaba completamente fuera de los parámetros esperados. "Es decir, la propia modelización, el bienestar simplificado, pues a fin de cuentas lo habíamos cretinizado, digamos".

Hay además una dimensión de justicia que no suele aparecer en los debates normativos. "Todo el tema del confort, la misma metodología que es la recogida de la normativa, se ha desarrollado a partir de estudios estadísticos de hombres blancos de 80 kilos en corbata y chaqueta. Entonces todas las mujeres pasan frío en los edificios, los hombres pasan calor. Cuando intentamos normativizarlo todo, estamos normalizando una mediana de una diversidad muy amplia. Y la normalidad no existe".

"Cuando simplemente miramos la temperatura del termóstato, estamos reduciendo el bienestar de las personas a una ideología de un solo número. A eso yo lo llamo temperaturismo."

El confort adaptativo parte de una premisa radicalmente distinta: las personas no son receptoras pasivas de condiciones ambientales sino agentes activos que regulan su propia percepción del bienestar a través de mecanismos fisiológicos, psicológicos y culturales. "Lo que nos ha caracterizado como especie en estos 300.000 años es que nos sabemos adaptar a muchas condiciones y a muchos climas diferentes y tenemos muchas estrategias. Por eso incluso hay edificios donde la única estrategia, sin ningún aparato, es: el día peor de verano te pones en pantalón corto, el día peor de invierno te pones un suéter. Y funciona".

Lo que no funciona, en cambio, es un edificio que no puede abrirse, que ha delegado toda la gestión del confort en sensores mal calibrados que el usuario ni ve ni entiende. Luca pone un ejemplo que muchos reconocerán: "El Consorcio de Educación en Barcelona está poniendo aire acondicionado y ventilación mecánica en los colegios en vez de explicarle a las personas que se están formando para entender el mundo que cuando hace calor hay que abrir la ventana y poner la protección solar. Otro espejo caricatural en el que no nos queremos ver reflejados". Y describe las consecuencias en cascada: más equipos de consumo, más carga sobre una red eléctrica que ya sufre, más apagones en verano. "Y entonces tienes un edificio con una certificación energética de valores brutales, pero está todo apagado y te mueres de calor porque no puedes hacer ventilación cruzada, porque no tienes una protección solar que puedas bajar".

La diferencia entre un edificio residencial y uno terciario es, en este punto, determinante. En una vivienda, el habitante tiene margen de acción si el arquitecto se lo ha permitido en el diseño: puede abrir una ventana, bajar una persiana, ponerse un jersey. En un edificio de oficinas o un colegio ese margen desaparece con demasiada frecuencia. "La domótica, las ventanas que no se abren, la persona que se tiene que ajustar al termóstato o al sensor", enumera Luca. "En vez de la tecnología al servicio del hombre, el hombre al servicio de la tecnología. Eso, para mí, es una falta de respeto a las personas".

 

La pérdida de visión sistémica y de capacidad cognitiva

Hay un hilo en nuestra conversación que conecta el diagnóstico sobre la energía con algo más amplio: la tendencia del sistema —formativo, profesional y cultural— a producir especialistas cada vez más afinados en su parcela y cada vez menos capaces de ver el conjunto.

"La tendencia es que nos especializamos mucho, pero a cambio perdemos la visión de conjunto. Y el peligro es justamente llegar a soluciones buenísimas y tecnológicamente muy avanzadas, como la bomba de calor o el SATE, pero sin saber por qué las estamos poniendo y sin saber decir si hacen falta o no". Para ilustrarlo, Luca evoca la Universidad de Viena de finales del XIX, que tenía sólo cuatro facultades y formaba personas con visión sistémica antes de que se especializaran en vertical. Y lo contrasta con la situación actual: "Un ingeniero aeronáutico de comienzos del siglo XX sabía diseñar y ensamblar cualquier parte de un avión. Hoy, un ingeniero aeroespacial está especializado en una parte concreta del ala y no tendría la visión del global ni podría entenderlo, porque la complejidad tecnológica ha aumentado muchísimo gracias también a los recursos que han parecido infinitos durante décadas".

Ese déficit de visión sistémica coincide, además, con una pérdida documentada de capacidades cognitivas. "Converge con una especie de maldición con los informes PISA y todo lo que está pasando desde 2012, cuando hemos visto una constante pérdida de las capacidades cognitivas intelectuales debida a los móviles, las redes sociales, la pérdida de capacidad de concentración. Pero es justamente lo que más necesitamos".

Y aquí aparece una paradoja que resulta especialmente incómoda para quien la lea en 2026: la de la inteligencia artificial. "El tema de la inteligencia artificial supuestamente, si bien utilizada, nos hace mucho más productivos. La teoría es: el trabajo intelectual de compilar, redactar, transformar un fichero en otro, ya no tengo que hacerlo yo, me lo hace la IA, y entonces puedo pensar un poco más. Pero en realidad lo que estamos haciendo es coger otro encargo. Estamos en la plena paradoja de Jevons constantemente". La eficiencia que no reduce el consumo sino que lo desplaza. El tiempo liberado que se reocupa. El margen ganado que se vuelve a colonizar.

"Con la inteligencia artificial estamos en la plena paradoja de Jevons: el tiempo que nos libera no lo usamos para pensar, sino para coger otro encargo."

 

El papel del técnico en la nueva manera de hacer

Le pedimos a Luca que traduzca todo lo anterior al ámbito específico de los profesionales de la arquitectura técnica. Su respuesta sitúa la cuestión en el terreno de la confianza y la aportación de valor.

"En general, cuando estamos hablando de un buen proyecto, todos los agentes son fundamentales, y que todos los agentes entiendan qué es lo que están haciendo. Y en función de la capacidad de cada uno de ser propositivo en la resolución de cuestiones, pues más será apreciado por el resto de participantes. El promotor o el arquitecto establecen relaciones de mucha confianza con aquellos profesionales que les saben resolver los problemas que tienen, básicamente".

La pregunta que sigue es inevitable: ¿cuáles son los problemas que hoy importan? En el escenario que describe Luca, y que las normativas emergentes están ya delineando, aunque de forma imperfecta, la trazabilidad material, el cómputo de carbono incorporado y el análisis de ciclo de vida serán exigencias crecientes. Y ahí el perfil del arquitecto técnico tiene una posición privilegiada: "Todo pasa por contar los materiales, buscar a los proveedores, saber plantear bien las preguntas, entender bien qué me llega a nivel de definición de calidades. Y, no por último, saber contar bien, porque al final, cuando estamos definiendo y midiendo las partidas, ahí es donde se cuentan los kilogramos de materiales. Y cuanto mejor sepamos entender los procesos de fabricación de esos materiales, sus impactos asociados, la robustez de las cadenas de suministro, más serán nuestras aportaciones al éxito de un proyecto".

Pero la mirada de Luca no se detiene en la técnica. Conecta con algo que ha estado presente a lo largo de toda la conversación: la necesidad de recuperar la visión de conjunto y la capacidad de plantear las preguntas correctas antes de responderlas. Le señalamos, al hilo de esto, que el cambio de denominación que convirtió a los aparejadores en ingenieros de la edificación es un ejemplo involuntario del problema que él describe: la ilusión de que la especialización técnica del nombre equivale a mayor profundidad profesional. "Es como si con el cambio de nombre nos hiciéramos más. Cuando en el fondo estamos perdiendo profundidad sólo por una nomenclatura".

 

Cómo iniciar el recorrido

Antes de cerrar la conversación, le pedimos a Luca que oriente a quienes, motivados por lo que ha compartido, quieran profundizar en esta forma de entender la energía, el confort y la sostenibilidad en edificación. Su respuesta arranca, de nuevo, desde lejos.

Su propio recorrido comenzó con un libro que le abrió la mirada durante la carrera: Sol Power. The Evolution of Solar Architecture, una obra de finales de los años noventa que le reveló la inteligencia climática de la arquitectura vernácula. "Los esquimales construían los iglús, en Mali los edificios eran de tierra compactada, en los climas tropicales de madera ligera y súper ventilados. De repente se me abrió todo un mundo: lo que estoy haciendo tiene mucha relación con el material local, el clima y el bienestar interior. Y eso era, también, lo que habíamos hecho siempre". Desde ahí, y pasando por Vitruvio y los griegos, llegó a la conclusión de que la arquitectura que hoy llamamos "sostenible" no es una novedad sino un reencuentro.

Para quien quiera aproximarse a la historia larga de esas relaciones, recomienda con entusiasmo La historia medioambiental de la arquitectura, del arquitecto y escritor Eduardo Prieto, de la UPM de Madrid. "Hace todo un recorrido histórico y también por vectores de la arquitectura y del confort. Tiene mucha sabiduría, mucho conocimiento muy amplio, y permite a cualquier persona encontrar sus propios ámbitos de interés". La anécdota que le sirve de resumen: "La Alhambra, una de las excelencias de la arquitectura mundial, no cumple el Código Técnico. Y yo le contesté a Eduardo: tampoco lo cumple el exterior, y mira qué bien se está tomando una cerveza ahí fuera".

Para quien quiera ir más al fondo desde el ámbito específico de la construcción, señala un libro que considera injustamente poco conocido: 34 kilos de CO2, de Toni Solanas, Dani Calatayud y Jorge Claret, con la colaboración de Albert Cuchí y otros referentes del sector, publicado en 2008. "Ya lo tenía todo, hace casi veinte años. Es un muy buen punto de entrada, incluso si parte de del análisis de la huella de carbono de la producción de un libro". Y para quien quiera comprender la lógica sistémica que subyace a todo lo anterior, el consejo es ir a las fuentes del pensamiento sistémico: Donella Meadows y la generación del Club de Roma, cuyo primer gran informe —el Informe Meadows de 1972, desarrollado con el MIT— modelizó por primera vez las tendencias de nuestra sociedad con una precisión que, dice Luca, se olvidó muy rápidamente porque de repente había urgencias más inmediatas. La misma lógica de siempre.

"La curiosidad es el primer paso. Cuestionar los propios conocimientos adquiridos y mantener esa curiosidad. La arquitectura, por su propia naturaleza, nos da ya esa ventaja: tocas la parte humanista, la científica, la constructiva. Es un activo que no deberíamos dilapidar."

La conversación con Luca Volpi termina donde empezó: en la convicción de que las preguntas importan tanto como las respuestas. Que un sector que sólo sabe responder al cómo, sin preguntarse el por qué, orientará sus soluciones en la dirección equivocada por muy sofisticadas que sean. Y que la paradoja de Jevons no sólo opera en los motores de vapor o en las certificaciones energéticas: opera también en nuestra manera de trabajar, de formarnos y de leer artículos como éste, si al terminar de leerlos simplemente pasamos al siguiente encargo.

Los edificios que Luca ha descrito a lo largo de nuestra charla son vivienda social, centros cívicos y sedes de investigación pública. Están habitados, monitorizados y, en la mayoría de los casos, funcionando mejor de lo que prometían. La nueva manera de hacer ya existe. La cuestión es si estamos dispuestos a tomarnos el tiempo de aprenderla.

 

_____________________________________________________________________

Luca Volpi es arquitecto especializado en sostenibilidad. Estudió arquitectura en Italia, especializándose en teoría arquitectónica y patrimonio, y en Alemania, especializándose en sostenibilidad y eficiencia energética. Desarrolló su actividad profesional como consultor en edificios y ciudades sostenibles en Alemania y España. Es socio de Societat Orgànica, una consultora ambiental especializada en desarrollo urbano y arquitectura sostenibles. Es director del Máster en Arquitectura Sostenible (PAS) de la Escuela Profesional de Prácticas «Josep Lluís Sert» del Colegio de Arquitectos de Cataluña.

Más información: societatorganica.com

 

Bibliografía

  • ICTA-ICP Research Center, DATAE Arquitectes. (s.f.). DATAE Arquitectes. https://dataae.com
  • Lleialtat Santsenca, HArquitectes. (s.f.). HArquitectes. https://harquitectes.com
  • La Borda, LACOL. (s.f.). Lacol. https://lacol.coop
  • Social Housing Sant Just Desvern, DATAE / IMSOL. (s.f.). DATAE Arquitectes. https://dataae.com
  • Raw Rooms, Peristoral / IBAVI. (s.f.). Peristoral. https://peristoral.com
  • GBCe. (2024). Informe País 2024: AdaptAcción para una sociedad resiliente. Green Building Council España. https://gbce.es
  • Solanas, T., Calatayud, D., & Claret, J. (2008). 34 kilos de CO2.
  • Prieto, E. (s.f.). La historia medioambiental de la arquitectura. Abada Editores.
  • Meadows, D., Meadows, D., Randers, J., & Behrens, W. (1972). Los límites del crecimiento. Club de Roma / MIT.

 

Referencias

(1) El 50% del volumen del edificio son espacios de distribución sin climatización activa ni ventilación forzada. DataE Arquitectes, 2014. Fuente: DataE
(2) El pasaje interior funciona como espacio intermedio sin climatización ni acabados: una decisión de diseño que elimina sistemas e impacto material. HArquitectes. Fuente: HArquitectes
(3) Las galerías actúan como reguladores pasivos de temperatura. Ocho años después de la entrega, los habitantes han encendido la calefacción tres veces en total. LACOL, 2018. Fuente: LACOL.
(4) Las galerías funcionan como espacios intermedios que regulan el confort sin instalaciones activas. El edificio incluye un manual de uso gráfico para los residentes. DataE Arquitectes / IMSOL. Fuente: DataE.
(5) Estructura y cerramiento de tierra compactada sin sistema de climatización activa. Peristoral Arquitectes / IBAVI, 2022. Fuente: Peristoral.

 


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