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Profesionales de la arquitectura técnica ante el cambio climático

24
jun
2026

Hacia una nueva visión de la formación técnica en el contexto actual

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Hay una pregunta que subyace, de forma más o menos explícita, todos los artículos que hemos publicado en esta serie, al hilo de las nuevas aptitudes y actitudes para el ejercicio profesional: ¿de dónde va a salir el profesional que el sector necesita?

Luca Volpi la formuló desde el diagnóstico sistémico: el sector lleva décadas respondiendo al cómo sin preguntarse suficientemente el por qué, y esa inercia no se corrige sólo con más normativa ni con mejores herramientas. Laura Reus la planteó desde los materiales: hay un tipo de conocimiento que se adquiere analizando edificios y haciéndose las preguntas correctas, y que no viene de ningún programa de cálculo. Gerardo Wadel la abordó desde la industrialización: la digitalización puede reforzar cualquier modelo, pero si el modelo está mal planteado de origen, la tecnología sólo amplifica el error.

En esta entrega llegamos, por fin, a la cuestión que recorre todas las anteriores: el de la formación. Y lo hacemos de la mano de Silvia de Santos, arquitecta y responsable de formación del Instituto Español de Baubiologie (IEB), cuyo recorrido profesional describe con una precisión que ninguna definición técnica podría igualar: «Buscaba formación. Encontré educación».

Esa frase, que Silvia pronuncia casi de pasada en nuestra conversación, es en realidad la tesis central de este artículo. Y para entender por qué importa tanto, hay que empezar desde el principio.

 

Una arquitecta que buscaba otra cosa

Silvia de Santos estudió arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid en una época en la que el acceso a esa carrera empezaba a abrirse a personas con menos recursos. Le gustaban las matemáticas, la física, el cálculo de estructuras. Le gustaba el rigor. Pero la práctica profesional que encontró al salir le resultó cada vez más incómoda: un mundo competitivo, orientado al producto, donde lo que primaba era cuántas viviendas de un determinado número de dormitorios cabían en el solar y si la inversión tenía el retorno esperado.

En una arquitectura vacía, mero contenedor de un programa diseñado para las ventas, Silvia sentía que «estaba haciendo más escultura que arquitectura», dice. «Y eso tampoco me llenaba, porque para eso hacía escultura directamente, que también hice». Lo que describe no es una crisis vocacional en sentido estricto. Es algo más preciso: la incomodidad de alguien que siente que lo que hace no tiene suficiente cuerpo. Que las formas están, pero les falta contenido. Que hay algo en la relación entre el espacio construido y las personas que lo habitarán que la práctica convencional ni siquiera se estaba preguntando.

Hay una segunda capa en ese malestar que Silvia nombra con igual claridad: el mundo de la construcción tampoco era, en aquel momento, ni lo es plenamente ahora, un espacio cómodo para una mujer. No porque los problemas técnicos fueran distintos, sino porque la lógica que organiza ese mundo —la competencia, el volumen, la visibilidad del objeto terminado— deja sistemáticamente fuera de foco todo aquello que sostiene el proceso sin aparecer en ninguna factura: el cuidado, la atención, la escucha. «Yo creo que el mundo de la construcción no es muy acogedor, porque es un mundo muy competitivo», dice. Lo que describe no es sólo una queja gremial. Es la observación de alguien que viene desarrollando, en los últimos años, una lectura feminista de la profesión: los cuidados —entendidos como la economía invisible que hace posible todo lo demás, históricamente adjudicada a las mujeres y sistemáticamente devaluada— son también el sustrato sobre el que descansa cualquier acto de construir y habitar. Reconocerlos no es un gesto político decorativo. Es la condición para entender qué pone realmente en pie un edificio.

La crisis económica de principios de la pasada década actuó como catalizador. «Una necesidad personal, empujada también por una crisis económica, me llevó a buscar algo que encontré por suerte». Esa suerte tomó inicialmente la forma de una revista —Ecohabitar— y de una decisión, la de cursar un Máster en Bioconstrucción, tomada casi a ciegas. «Hasta el último momento, en que me mandaron información, no sabía siquiera si era en castellano o en catalán. Una semana antes de empezar, después de haber pagado todo, y apenas sabía dónde me estaba metiendo».

 

«Buscaba formación. Y lo que encontré fue que realmente me estaba reeducando: fue tanto a nivel intelectual como a nivel emocional y también social.»

 

Formación vs educación

Lo que el Máster en Bioconstrucción del IEB le dio no fue lo que esperaba. O más exactamente: le dio eso y mucho más. «Yo buscaba bioconstrucción, quería aprender a construir mejor, de otra manera. Pero me encontré con que realmente lo que estaba haciendo era reeducarme».

La distinción entre formación y educación que Silvia introduce no es semántica. Apunta a algo que los profesionales del sector conocen bien, aunque rara vez nombren: la diferencia entre adquirir habilidades específicas para resolver problemas concretos —una certificación energética, un análisis de ciclo de vida, un cálculo de condensaciones— y desarrollar la capacidad de preguntarse qué problema estás resolviendo en realidad, para qué y con qué criterios.

«La formación es moldear algo», explica. «Pero si la materia prima no está bien orientada, si no tiene unos buenos fundamentos, por mucho que te formes, que consigas unas habilidades específicas, hay algo que se queda cojo». Y la metáfora que usa para describir lo que encontró en el Máster tiene, como casi todo lo que dice Silvia, una dimensión literal y una figurada a la vez: «Volver a preparar mi materia prima para formarme».

Sede del Institut für Baubiologie + Nachhaltigkeit IBN (1)

Lo que ese proceso implicó fue, en sus propias palabras, un desarrollo integral en tres dimensiones simultáneas. Intelectualmente, cubrió vacíos que la carrera de arquitectura no había llenado, especialmente en física de la construcción. Emocionalmente, sintió una implicación que hacía tiempo que no experimentaba: «Me vibraba todo el cuerpo cuando hacía cosas con esto». Socialmente, encontró una comunidad de personas con aspiraciones afines, una forma de ejercer la profesión que no pasaba por la lógica del producto y del plazo.

Aunque puede sonar a relato de conversión no lo es. Es el relato de alguien que reconoce, en retrospectiva, la diferencia entre aprender a usar una herramienta y entender por qué esa herramienta existe y qué hace con lo que toca.

 

De la información al conocimiento

Hay un momento en nuestra conversación en el que Silvia dice algo en lo que merece la pena detenerse. Estábamos hablando de inteligencia artificial, de los límites de la digitalización como sustituto del conocimiento encarnado, y lo formuló así: «La IA tiene un problema, que es que muchas de las cosas que deberíamos saber no están en la nube. Están en la materia. Están en la tierra. Y la nube no tiene acceso a eso. Porque la nube no es inteligente. Es simplemente una base de datos».

El argumento no es tecnofóbico. Es más preciso que eso. Lo que Silvia señala es que hay una parte del conocimiento constructivo que es inherentemente físico, corporal, que solo se adquiere en contacto con la materia. Y ese conocimiento, que las generaciones anteriores de constructores transmitían de forma oral y práctica, se está perdiendo a una velocidad que ningún programa de máster, por bien diseñado que esté, puede compensar si no incorpora esa dimensión experiencial.

«La construcción lleva una parte de pensar y otra parte de hacer, y es cuerpo», afirma. «La materia última de la construcción es el cuerpo de las personas que construyen. Este es también el territorio de la bioconstrucción. Y hay que poner el cuerpo. Porque yo creo que eso es lo que nos falta: poner las manos».

La consecuencia práctica de esta idea es más urgente de lo que parece. Uno de los problemas estructurales que identifica es la falta de mano de obra cualificada para construir de otra manera. No hay suficientes personas capaces de trabajar con tierra, con madera, con materiales que requieren un conocimiento que no se aprende mirando una pantalla. «Ahora mismo estamos tirando de personas inmigrantes, que son quienes están haciendo las obras, porque no han perdido los conocimientos y porque todavía están inmersos en otra cultura de la construcción que hemos perdido aquí».

 

«Muchas de las cosas que deberíamos saber no están en la nube. Están en la materia. Están en la tierra. La nube no tiene acceso a eso porque no es inteligente. Es simplemente una base de datos.»

 

Esta observación conecta con algo que Laura Reus señalaba en el artículo sobre materiales: que la intuición bien entrenada —la que se adquiere analizando muchos edificios y haciéndose las preguntas correctas— no puede sustituirse por ningún software. Silvia añade la dimensión más radical: esa intuición no sólo se entrena mirando, sino tocando. Construyendo. Equivocándose con las manos.

 

La trampa de la hiperespecialización

Hay un diagnóstico en la entrevista que resuena con especial fuerza para cualquiera que haya seguido esta serie desde el principio. Silvia describe lo que está ocurriendo en la formación del sector y lo hace con una imagen que, una vez escuchada, es difícil de olvidar.

«Ahora mismo estamos haciendo cosas, estamos aprendiendo a hacer cálculos con herramientas informáticas sin tener una idea clara de los datos con los que trabaja. En el fondo, estamos haciendo castillos en el aire sobre una base conceptual y de datos que desconocemos. Recurrir a ellas se ha convertido en una necesidad ante la complejidad de un enfoque que pierde de vista lo esencial y, hay que admitirlo, por una falta de tiempo».

No es una crítica a la digitalización en sí. Es una crítica a la secuencia: primero la herramienta, luego —si queda tiempo y energía— la comprensión de lo que la herramienta hace. Y en un sector que ya acumula demasiadas capas normativas y demasiados requerimientos técnicos para el mismo tiempo de trabajo, ese «si queda tiempo» se convierte cada vez más en nunca.

El ejemplo concreto que usa es ilustrativo. «Mucha gente está utilizando programas mínimos, facilísimos, para calcular el riesgo de condensaciones. Pero en muchos casos, no saben realmente lo que están haciendo. No saben cuál es la conclusión. No saben leer los datos. Y no podemos construir sin saber cómo funciona la materia».

La física de la construcción —la termodinámica, la transmisión de calor, el comportamiento higrotérmico de los materiales— es uno de los grandes ausentes de la formación universitaria española. No es un detalle menor. Es el fundamento sobre el que descansan todas las decisiones constructivas. Sin él, un profesional puede saber ejecutar un procedimiento, pero no puede evaluar si ese procedimiento tiene sentido en su contexto específico.

Visita de obra del alumnado del IEB a una edificación de balas de paja en proceso de construcción. Fuente: IEB

Luca Volpi hablaba en su entrevista de la paradoja del ingeniero aeroespacial que está especializado en una parte concreta del ala y no podría entender el avión completo. Silvia lo reformula desde la formación: «La especialización es una trampa: la de la idea de que se puede resolver un problema desde un único punto de vista, en vez de entrar en el fondo. Volvemos a estar en lo que antes decíamos: una realidad vacía. Hay unas formas, pero luego dentro, ¿qué está ocurriendo?». 

 

«La construcción lleva una parte de pensar y otra parte de hacer, y es cuerpo. La materia de la construcción es el cuerpo de las personas que construyen y habitan un espacio. Hay que poner las manos.»

 

 

Más allá de las recetas: un enfoque basado en principios

Le preguntamos a Silvia qué es lo específico del enfoque del Máster del IEB. Qué hace que una formación en bioconstrucción pueda producir ese efecto de reeducación que ella describe. Su respuesta no habla de contenidos concretos ni de módulos específicos, sino de una postura epistemológica.

«Pocas recetas, pocas soluciones predefinidas. Lo que hay que saber es cómo funcionan las cosas y luego, en cada circunstancia, saber aplicarlo». Y añade la que es quizás la formulación más radical de toda nuestra conversación: «Depende de los ingredientes que tengas. La clave está en adaptarlos a cada situación». La referencia al concepto de suficiencia, del que también hemos hablado en varias ocasiones aquí, se hace evidente.

Esa postura tiene consecuencias prácticas inmediatas. Un profesional formado en principios puede enfrentarse a un material que no existe en un catálogo, a una combinación de condicionantes que ningún manual contempla, y tiene los recursos para razonar desde cero. Un profesional formado en recetas puede ejecutar con brillantez dentro de un contexto restringido y quedar completamente desarmado fuera de él.

Gerardo Wadel describía exactamente esto cuando hablaba de la diferencia entre sistemas cerrados —que funcionan perfectamente dentro de su perímetro, pero no tienen capacidad de adaptación— y sistemas abiertos, que distribuyen el conocimiento y permiten que cada nodo lo aplique según su contexto. La metáfora constructiva y la metáfora formativa apuntan al mismo lugar.

El IEB, que tiene ya más de tres décadas de historia y lleva a sus espaldas 32 ediciones del Máster en Bioconstrucción, funciona en buena medida como ese sistema abierto. El conocimiento que transmite —la Baubiologie, la biología del hábitat, la relación entre espacio construido y salud— no es un catálogo de soluciones sino un marco conceptual desde el que evaluar cualquier solución. La física de la construcción como base, la experimentación como método, la integración de dimensiones intelectuales, emocionales y corporales como condición de posibilidad.

Las 25 pautas de la bioconstrucción como criterios de actuación profesional. Fuente: IEB

 

El papel del arquitecto técnico

Hay un punto de la conversación en el que Silvia habla de la proximidad natural del arquitecto técnico con lo material como una ventaja que el sector todavía no ha sabido explotar del todo. Su observación coincide con la de muchos de los profesionales con los que hemos hablado para preparar esta serie de artículos.

«Para construir necesitamos esa formación, ese conocimiento, ese soporte de física de la construcción». El arquitecto técnico es, en principio, el profesional que más directamente trabaja en la interfaz entre el conocimiento y la materia. El que está en la obra, el que ve cómo se ejecuta lo que el papel describe, el que sabe lo que es viable y lo que no, incluso antes de que se haya prescrito.

Pero esa proximidad con lo material puede ser un punto de partida o un techo, dependiendo de si va acompañada de la comprensión de por qué las cosas funcionan como funcionan. Hay una diferencia entre saber que un edificio con muros de tierra compactada puede no necesitar calefacción y entender por qué: la inercia térmica, la capacidad higroscópica, la transmisión de calor a través de un muro masivo. La primera, basada en una receta. La segunda, basada en principios. Sólo la segunda permite innovar a partir de la comprensión y la experiencia de la práctica y la tradición constructiva.

Lo que Silvia propone —implícitamente, a través de su propio recorrido— es que los profesionales del sector que estén buscando ese siguiente nivel no necesitan necesariamente volver a empezar desde cero. Necesitan, en sus propias palabras, «alimentar su profesión con pequeñas cosas», ir abriendo la mirada de forma progresiva hasta que llegue el momento en que un paso mayor tenga sentido.

 

«Necesitamos educación. Necesitamos una orientación, una guía. No alguien que nos esté llevando por un camino trillado, sino alguien que nos enseñe que hay varios caminos posibles para llegar.»

 

Cómo empezar: el itinerario de los pequeños cambios

Le pedimos a Silvia, como hemos hecho con cada interlocutor de esta serie, que proponga un itinerario para quien quiera empezar a andar en la dirección que nos propone.

Su primer consejo sorprende por lo que tiene de contraintuitivo en un momento en que el sector parece exigir urgencia y acción inmediata: parar. «Que reflexione un poco sobre si le gusta su trabajo. Porque si no te gusta tu trabajo, quizás hay otras opciones que se ajustan mejor a tu perfil. Quiero decir, ¿te gusta lo que haces? ¿Vale la pena? Si no vale la pena, para un poco. Que no pasa nada, el mundo sigue girando».

La idea conecta con algo que Bruno Sauer, director general de GBCe, formulaba en el propio Informe País 2024 al hablar de la AdaptAcción, la necesidad de adaptarse mientras se actúa: hay que actuar, sí, pero actuar desde un lugar de comprensión y no de reacción mecánica. O, como lo formulaba Einstein en una cita que se le atribuye y que salió a colación durante nuestra conversación: si tuvieras una hora para resolver un problema, pasarías cincuenta y cinco minutos entendiéndolo y cinco buscando soluciones.

Hay un concepto que Silvia ha ido incorporando a su forma de pensar la profesión y la vida, y que viene del marco más amplio del Buen Vivir —esa tradición de pensamiento, enraizada en las culturas indígenas latinoamericanas y reelaborada por el ecofeminismo, que propone colocar la vida en el centro en lugar del crecimiento—: la economía de las desesidades. La palabra, que ella usa con naturalidad, nombra las necesidades que hemos construido socialmente y que en realidad no lo son: el espacio de más, el proyecto de más, el encargo de más. «¿Cuánto tengo que trabajar para poder vivir? ¿Realmente necesito trabajar tanto, o puedo vivir con menos?», pregunta. No como renuncia sino como liberación: si reduces lo que crees que necesitas, liberas tiempo para lo que realmente importa. Y si integras dentro de ese espacio trabajar en algo que te gusta y que tiene sentido, «al final todo cuadra». La bioconstrucción, en esta lectura, no es sólo una manera diferente de construir. Es una manera diferente de habitar la profesión: poniendo la vida —la de quienes construyen, la de quienes habitarán, la de los materiales que se emplean— en el centro de cada decisión.

El segundo paso de Silvia es la experimentación a pequeña escala. «Hacer algún taller pequeño de un fin de semana, tener una experiencia en otra forma de construir, visitar una obra». No la gran decisión, sino ir «alimentando la profesión con pequeñas cosas». Porque esos pequeños cambios crean, según su experiencia, las condiciones para que la decisión mayor tenga sentido cuando llegue el momento.

El tercer elemento es la curiosidad ante lo construido. Entrar a un edificio y preguntarse de qué está hecho, cómo funciona. Es el mismo ejercicio que Laura Reus recomendaba en su artículo: mirar los materiales como algo que tiene una historia, un impacto y una lógica, no sólo un precio por metro cuadrado y unas prestaciones técnicas. Aplicado aquí al conjunto del edificio, a su comportamiento, a su relación con el cuerpo de quien lo habita.

Y hay un elemento final, nos dice Silvia, que prácticamente sintetiza toda nuestra conversación, y que tiene la sencillez de lo que se ha pensado despacio: «Tenemos que entender cómo funcionan las cosas y aprender a construirlas con las manos».

Formación práctica como complemento necesario del conocimiento teórico. Fuente: IEB

Cerramos la conversación con Silvia con las dos palabras con las que, según cuenta, firma siempre sus correos: salud y alegría. No como fórmula de cortesía sino como programa. «Para mí son los principios para casi todo: hacer las cosas con alegría y con la mirada puesta en fomentar la salud de quienes las hacen y las disfrutan».

 

«No podemos construir sin saber cómo funciona la materia. Y para ello tenemos que entender cómo funcionan las cosas y aprender a construirlas con las manos.»

 

En los artículos anteriores de esta serie, los especialistas a quienes hemos entrevistado llegaban con diagnósticos técnicos muy precisos sobre qué hay que cambiar. Silvia de Santos llega con algo distinto: el relato de alguien que ya lo hizo. Que buscaba formación, encontró educación, y lleva más de una década tratando de ofrecer esa misma experiencia. No es una promesa de que el camino es fácil. Es la evidencia de que existe.

 

__________________________________________________

Silvia de Santos es arquitecta por la Universidad Politécnica de Madrid y Máster en Bioconstrucción IBN-IEB-ITL por la Universitat de Lleida. Es especialista en Mediciones de Bioconstrucción por el Instituto Español de Baubiologie (IEB). En la actualidad su trabajo se centra en la investigación y difusión de la biología del hábitat como responsable de formación del IEB. Más información: baubiologie.es

 

Bibliografía

  • Instituto Español de Baubiologie (IEB). Baubiologie. https://baubiologie.es
  • Instituto Español de Baubiologie (IEB). Máster en Bioconstrucción IEB-IBN-UdL. https://www.baubiologie.es/master-en-bioconstruccion-ieb/
  • Institut für Baubiologie + Nachhaltigkeit IBN. Institut für Baubiologie + Nachhaltigkeit. https://baubiologie.de/
  • Revista Ecohabitar. Ecohabitar. https://ecohabitar.org/
  • Castellanos, N. Neurociencia del cuerpo. https://nazarethcastellanos.com/project/neurociencia-del-cuerpo/
  • GBCe. (2024). Informe País 2024: AdaptAcción para una sociedad resiliente. Green Building Council España. https://gbce.es

 

Referencias

(1) Entidad pionera en Europa en el estudio de la relación entre la salud del ser humano y su entorno construido, del que el IEB es filial para España e Iberoamérica. Fuente: IBN

 

 


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