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Profesionales de la arquitectura técnica ante el cambio climático

16
jun
2026

Materiales de construcción: la urgencia silenciosa

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En nuestra anterior entrega Luca Volpi, arquitecto y socio de Societat Orgànica, reflexionaba sobre una cuestión que no suele escucharse en los debates técnicos habituales: antes de entrar en soluciones, detenerse a revisar si el problema está bien planteado. Su argumento central era que el sector lleva décadas respondiendo al «cómo» sin preguntarse suficientemente el «por qué», y que esa inercia explica muchas de las contradicciones que se acumulan en la normativa y en la práctica.

En esta nueva entrega examinamos el mismo debate desde otro ángulo: el de los materiales de construcción. Y lo hacemos de la mano de Laura Reus, arquitecta especializada en arquitectura bioclimática y análisis de ciclo de vida, socia también de Societat Orgànica, especializada en consultoría de materiales y metodología ACV.

Si el artículo anterior era, en el fondo, un artículo sobre la energía casi como abstracción -sobre cómo la medimos, cómo la entendemos mal, cómo simplificamos el problema hasta hacerlo irreconocible-, este es un artículo sobre la materia tangible. Sobre lo que se extrae, se fabrica, se transporta, se coloca, se mantiene y se demuele. Sobre algo que los arquitectos técnicos tocamos, casi literalmente, a diario. Y sobre por qué esa proximidad con lo material, que ha definido históricamente el perfil de la profesión, puede convertirse ahora en una ventaja estratégica que el sector todavía no ha sabido explotar del todo.

Laura es arquitecta con máster en Sostenibilidad y Diseño Pasivo por la UPC, con un trabajo final de postgrado sobre la aplicación climática de la tapia con cáñamo en España -un material que exige entender a la vez la física del confort térmico, la química del material y las condiciones de puesta en obra-. Ha trabajado en proyectos residenciales y educativos en España y Marruecos, y desde Societat Orgànica participa en proyectos europeos de investigación sobre desmontabilidad y economía circular. Es, en suma, alguien que se mueve con igual soltura en lo constructivo y en el cálculo del ciclo de vida, y que considera que esa doble competencia no es una rareza sino, quizás, precisamente lo que el sector necesita.

Las nueve estrategias para reducir el impacto ambiental en la elección y uso de materiales de construcción. Fuente: Societat Orgànica

Cuando le preguntamos, para empezar nuestra charla, por los materiales y su percepción acerca de la urgencia de acercarnos a ellos desde el prisma de los retos del sector, su respuesta es inmediata pero matizada. «Para mí, esta área es una urgencia real, pero para el sector parece no serlo tanto. Es una urgencia silenciosa. O lo ha sido hasta el día de hoy».

 

Del carbono operativo al carbono embebido

Para entender por qué esa silenciosidad está llegando a su fin hay que entender primero cómo se ha construido el debate sobre el impacto ambiental de los edificios durante las últimas décadas.

«Tanto en las directivas europeas como en su traslado a las políticas nacionales, siempre se había hablado más del carbono operativo, es decir, del carbono cuando el edificio está en uso: climatización, iluminación, electrodomésticos. Pero se estaban obviando todas las emisiones que había antes de que ese edificio estuviera en uso. Para darle habitabilidad hay que fabricar materiales, construirlos, sustituirlos cuando acaban su vida útil, y luego, cuando el edificio ya no sirve, demolerlo. Y estas fases, lo que llamamos el análisis de ciclo de vida, no se estaban teniendo en cuenta en la edificación».

El Código Técnico, los programas de certificación energética, las sucesivas actualizaciones normativas: todo este andamiaje regulatorio ha apuntado en la misma dirección y ha funcionado. Los edificios que construimos hoy son significativamente más eficientes en operación que los de hace veinte años. Pero ahí está precisamente la trampa.

«Conforme vamos haciendo los edificios más eficientes a nivel de carbono operativo, este equilibrio empieza a cambiar. El carbono embebido empieza a ser muchísimo más representativo: puede llegar a representar el 50-60% del impacto total en un edificio muy eficiente. Y también aumenta en términos absolutos, porque incluimos en nuestros proyectos cada vez más sistemas para dar cumplimiento a los crecientes requerimientos normativos».

El número que justifica la urgencia es contundente: actualmente, un edificio convencional emite del orden de 600 kilogramos de CO2 por metro cuadrado a lo largo de su construcción. Para alcanzar los objetivos de 2050, según los cálculos del informe Building Life de GBCe, habría que estar en torno a 300. «Tenemos que descarbonizar el edificio en un 50% para llegar a 2050. Y aunque electrifiquemos todo, no llegamos si no reducimos también esta parte».

Lo que hace esta urgencia cualitativamente distinta a la del carbono operativo es su carácter irreversible. «Cuando construyes ya has hecho el impacto: ya no lo puedes cambiar. Podrás mejorar el carbono operativo, podrás cambiar una caldera para hacerla más eficiente, pero nunca podrás descarbonizar lo que ya has construido. Y además queda bloqueado durante décadas, porque los edificios están hechos para ser durables. De alguna manera estamos emitiendo ya hoy el carbono que estaríamos teniendo que evitar en 2050».

«Nunca podrás descarbonizar lo que ya has construido. Ese impacto queda bloqueado durante décadas. Estamos emitiendo hoy el carbono que tendríamos que evitar en 2050.»

 

Más allá del túnel del CO2

Hay otro problema en la manera en que el sector ha abordado el impacto ambiental de los materiales, y Laura lo señala con una expresión que reaparece a lo largo de toda la conversación y que hemos abordado en artículos anteriores: la visión de túnel del CO2.

«No estamos hablando sólo de emisiones de CO2. Estamos hablando también de consumo de recursos y de generación de residuos. La edificación es responsable de aproximadamente el 40% del consumo de recursos a nivel global y es uno de los mayores generadores de residuos en Europa. Hay una afectación a muchos indicadores ambientales: acidificación del medio, afectación al ozono troposférico, pérdida de biodiversidad. Son indicadores que muchas veces se nos escapan porque son más biológicos, porque hay menos datos y menos estandarización. Pero están teniendo una afectación muy grande sobre los sistemas naturales».

Este punto conecta con un aspecto que, según Laura, tiene la virtud de ser irrefutable incluso para quien vea con reticencias el relato actual del cambio climático. «Imagínate que no crees el cambio climático. Pero hay una cosa que sí es real, que es física: la disponibilidad real de los recursos. Y eso se está viendo clarísimamente en la geopolítica actual».

Lo ilustra con tres episodios recientes: la crisis de materiales durante la pandemia de COVID-19, cuando una caída de producción coincidió con un rebote de la demanda de construcción y los cuellos de botella logísticos dispararon los precios; el encarecimiento de la energía tras la guerra de Ucrania, que afectó directamente al coste de producción de materiales convencionales intensivos en combustibles fósiles; y, antes de todo eso, la decisión de China de dejar de aceptar residuos europeos. «Se produjo una crisis en la gestión de residuos porque se puso en evidencia que Europa externalizaba sus impactos ambientales, que dependía de otros países para absorber esas consecuencias. No es una crisis coyuntural, sino un aviso estructural: los recursos son finitos, las cadenas globales son vulnerables, y el acceso a material se está convirtiendo en una cuestión estratégica».

«Si no te crees el cambio climático, créete la geopolítica: la escasez de materiales ya está pasando. No es abstracto ni lejano.»

La respuesta que propone Laura no es imponer una visión idealizada de la bioconstrucción, inviable a escala global. «No se trata de que ahora todos hagamos edificios de madera o de tierra. La clave está en utilizar los materiales que tenemos para lo que realmente son adecuados, intentando descarbonizarlos al máximo, y aprovechar los recursos que tenemos alrededor de manera más eficiente, que entren en precio y que además fomenten lo local. Y cuando algo es local, siempre fomenta lo social: generas cadena de valor alrededor del edificio». La tradición pura, añade, no es viable porque la mano de obra que la hacía posible está desapareciendo y apenas puede pagarse. «Entonces hay que innovar: prefabricar lo que antes se hacía manualmente y electrificar ese sector de materiales más descarbonizados».

 

Lo que más pesa, más impacta: el valor de la intuición bien entrenada

Antes de hablar de herramientas o de normativa, Laura introduce un principio que considera fundamental y que, en su experiencia, no suele estar interiorizado en los equipos de proyecto. No lo formula como resultado de un cálculo sino como una regla orientativa extraída del conocimiento que se adquiere analizando muchos edificios y haciéndose las preguntas correctas: los materiales que intervienen en los sistemas constructivos que más pesan son, en general, los que más impactan.

«De manera intuitiva, lo que más pesa es lo que más impacta a nivel de edificio. Sin embargo, y aunque no sea el material más intensivo en impacto por kilogramo, cuando lo pones en escala, a veces se invierte la lógica». Lo ilustra con un ejemplo que usa habitualmente: un aislante de origen fósil tiene mayor intensidad de impacto por kilo que el corcho natural, a pesar de que tiene una densidad cuatro veces menor. Cuando calculas el metro cuadrado construido, el aislamiento sintético puede acabar siendo más impactante. Y si añades indicadores de fin de ciclo de vida —biodegradabilidad, reciclabilidad—, la ventaja aparente del sintético se diluye todavía más. «No hay una cosa buena o mala en abstracto: depende de dónde la utilices y de qué otros factores entran en juego. Pero la intuición del peso es un buen punto de partida para orientarse antes de medir».

La consecuencia práctica es directa: la atención hay que dirigirla donde está el impacto, no donde es más cómodo actuar. «Los capítulos de cimentación, estructura y fachada concentran del orden del 60-70% del impacto embebido de un edificio convencional. Los aislamientos representan alrededor del 3%. Si un cliente me dice que va a poner todos los aislamientos naturales, pero no va a hacer ningún esfuerzo sobre la estructura, me parece positivo que ya piense en esto, pero el efecto real es mínimo. Con la estructura puedes llegar a una reducción del 20%; con los aislamientos, de un 3%. Parece más evidente dónde hay que poner los esfuerzos económicos primero».

Carbono incorporado por sistema constructivo en el estudio para Cal Paler Nou, Cardedeu (Sostre Cívic). (1)

La analogía que usa para describir el proceso es la del presupuesto económico: «Cuando tienes que ajustar un presupuesto, detectas las partidas que más cuestan y ves si las puedes reducir. Si no, vas a la siguiente. Pues aquí sería el mismo caso: primero hay que pensar en la estructura. Un presupuesto de carbono, igual que un presupuesto de euros». La comparación no es casual: como veremos, es exactamente la palanca que Laura propone para transformar el papel del arquitecto técnico en el proceso de proyecto.

«La estructura puede suponer una reducción del 20% del impacto embebido. Los aislamientos, un 3%. Empieza por donde más impacta, igual que harías con el presupuesto económico.»

Sistemas constructivos comparados en el estudio de Cal Paler Nou, Cardedeu. Fuente: Societat Orgànica / Labaula / Stem Arquitectes.

Esta lógica intuitiva tiene además un corolario que no suele discutirse lo suficiente: las decisiones de programa —qué se construye, cuánto, para qué uso— tienen tanto impacto en el carbono embebido como la elección de materiales. El estudio realizado por Societat Orgànica junto con Labaula y Stem Arquitectes para una cooperativa de viviendas en Cardedeu lo ilustra con una pregunta aparentemente trivial: ¿merece la pena hacer un parking soterrado? Los números responden con contundencia. Añadir un sótano de aparcamiento a un edificio residencial puede duplicar o triplicar su impacto en carbono embebido, por la cantidad de hormigón y acero que moviliza, superando con creces cualquier optimización que se haga en los materiales de las plantas superiores. Una decisión que se toma en diez minutos en la fase de programa puede anular años de esfuerzo en la fase de proyecto. «Primero hay que preguntarse si es necesario construir esto, si se puede rehabilitar, si se va a utilizar lo suficiente. El concepto de suficiencia que mencionaba Luca aplica también aquí, antes incluso de que empiece el diseño».

 

Sant Vicenç dels Horts: cuando la intuición y el cálculo trabajan juntos

El caso que mejor ilustra cómo la intuición bien entrenada y el rigor de la medición se complementan es el trabajo realizado junto con el estudio DataE en el edificio de vivienda social del IMPSOL en Sant Vicenç dels Horts.

Render del proyecto de vivienda social del IMSOL en Sant Vicenç dels Horts

El punto de partida fue una premisa intuitiva del equipo de arquitectura: el edificio debía ser inercial. Las fachadas iban a ser másicas, sí o sí, para garantizar el comportamiento térmico pasivo sin depender de instalaciones activas. Laura no cuestionó esa premisa; la usó como restricción de diseño y construyó el proceso de optimización desde ahí.

«Se compararon varios tipos de fachadas pesadas —desde BTC a ladrillo macizo— y distintos sistemas de forjado, donde había más margen para ir a soluciones más ligeras, porque la inercia ya estaba garantizada en fachadas y particiones. Hicimos diferentes combinaciones viables técnica y económicamente, tomando como unidad funcional una vivienda tipo, y calculamos la estructura vertical y horizontal incluyendo particiones».

El resultado de las simulaciones cuantificó algo que la intuición sugería, pero no podía precisar: «Entre el edificio más impactante de las opciones, que era más parecido a un convencional sin medidas de optimización, y la combinación menos impactante, había una diferencia del orden del 45%. Con los materiales menos impactantes —más descarbonizados, con más contenido de madera, con fachadas de BTC— podríamos hacer casi dos edificios con el mismo presupuesto de carbono que uno convencional. Es un dato muy revelador».

Emisiones de CO2 incorporado por combinación de sistemas constructivos (2)

La combinación óptima no pudo ejecutarse en su totalidad por razones económicas y técnicas. Pero el proceso permitió identificar la opción intermedia con mejor equilibrio entre impacto, viabilidad y coste. «Al final se fue a una del medio que rebajaba un 22% de impacto, sin contar algún capítulo adicional que también se reducía, como las instalaciones, porque se iba a un sistema con muy poca instalación activa».

Lo que este caso demuestra no es sólo que se puede reducir el carbono embebido, sino que el margen de mejora dentro de materiales convencionales, bien seleccionados y combinados de forma colaborativa, es muy superior a lo que suele imaginarse. Y que ese proceso requiere que todos los agentes -arquitecto, estructurista, técnico de instalaciones, ingeniero acústico, y también el arquitecto técnico- estén en la misma mesa desde el principio. «Exige un esfuerzo al inicio para ver las opciones, porque luego es muy difícil cambiarlo. Normalmente el presupuesto se redacta más tarde, y el estructurista empieza con cálculos muy aproximados. Y esto no es lo que exige esta optimización: hay puntos intermedios que no son intuitivos, y es muy interesante cuando se colabora para proponer diferentes sistemas y replantearse las luces, las secciones, las combinaciones».

 

La Model: el argumento de la rehabilitación

Hay otro proyecto del que Laura tiene especial interés en hablarnos, y que tiene una naturaleza distinta: va más allá de la optimización de materiales en obra nueva. Se trata del análisis realizado sobre el complejo de La Model en Barcelona -la antigua cárcel reconvertida en equipamiento público-, que pone números a una afirmación que el sector repite a menudo, pero rara vez cuantifica con rigor: que rehabilitar es siempre mejor que construir de nuevo.

Imagen renderizada del proyecto del complejo La Model. Fuente: https://www.lamodel.barcelona/es/asi-sera-la-model

«Lo que queríamos destacar es la importancia de la rehabilitación. Cuánto ahorro supone con respecto a hacer obra nueva, o a mantener sólo las fachadas, frente a hacer que tanto el mantenimiento como la adecuación tipológica se lleven a cabo con criterio. El ahorro es del orden del 50% en CO2 rehabilitando, respecto a construir de nuevo».

Impacto ambiental (kgCO2/m²) según nivel de intervención en el complejo La Model (uso dotacional) (3)

 

El 50% no es un dato abstracto. Es la diferencia entre emitir el carbono embebido de una construcción nueva completa o aprovechar la estructura y los materiales existentes, que ya tienen ese carbono «gastado» en su historia. Cada vez que demolemos y construimos de nuevo, reiniciamos el contador. Cada vez que rehabilitamos bien, lo ahorramos.

Impacto ambiental (kgCO2/m²) según nivel de intervención en el complejo La Model (uso residencial) (4)

El análisis de La Model va más allá del dato y apunta a una responsabilidad específica de la administración pública. «La conclusión era que la Administración tiene que llevar a cabo los planes de mantenimiento de los edificios públicos que tenga. Porque si no, luego será muy difícil rehabilitarlos. Y también hay que intentar que esas tipologías sean mucho más flexibles a futuro, porque eso tiene mucho que ver con la decisión de rehabilitar o no». Un edificio público mal mantenido que acaba siendo inútil para cualquier uso razonablemente adaptado a su tipología es, desde el punto de vista del carbono, un fracaso que ya no tiene remedio.

«Rehabilitar bien ahorra del orden del 50% en CO2 respecto a construir de nuevo. Pero para poder rehabilitar hay que haber mantenido. La Administración también tiene aquí una responsabilidad.»

Planta del complejo La Model (Barcelona) con identificación de las partes analizadas. Fuente: Societat Orgànica.

Ligado a esto está un campo que Laura considera emergente y que conecta directamente con las competencias del arquitecto técnico: el diseño para la desmontabilidad. Si hoy diseñamos pensando en que los elementos más impactantes -los componentes de hormigón, las estructuras metálicas- puedan separarse, recuperarse y reutilizarse cuando el edificio llegue al final de su vida útil, el carbono que hoy emitimos para construirlos no se pierde del todo: se aplaza y se amortiza. El proyecto europeo Reconstruct, en el que participa Societat Orgànica junto con Straddle3, investiga precisamente estas estrategias: desmontabilidad de componentes de hormigón, nuevas formulaciones sin cemento Portland y alto contenido de áridos reciclados. No es ciencia ficción: es una línea de trabajo que ya produce resultados concretos y que en los próximos años empezará a traducirse en criterios de diseño exigibles.

Tipos de edificio en el complejo La Model según estado de conservación y adaptabilidad a nuevos usos. Fuente: Societat Orgànica.

 

Medir para poder optimizar

Un hilo que atraviesa toda la conversación con Laura es la necesidad de medir. No como mero ejercicio burocrático sino como condición previa para cualquier mejora real. «Lo que no se mide no se puede optimizar, porque no se sabe dónde estás ni adónde puedes llegar. Nuestra mejor estrategia es medir, y a partir de ahí, teniendo suficientes estadísticas y sabiendo cuáles son las mejores prácticas en un contexto determinado, ir optimizando».

La herramienta que articula esa medición es el análisis de ciclo de vida (ACV), recogido en las normas EN 15978 y EN 15804, y cuya aplicación en España está ya en el ARCE 2050, el marco de referencia del MIVAU para la descarbonización de la edificación. La evolución normativa va en una dirección clara: el CTE empezará a exigir la medición del CO2 embebido -con un calendario que inicialmente apuntaba a 2026 para medir y 2028 para limitar, y que se ha retrasado, pero no cancelado-.

Pero el ACV no es sólo CO2, y Laura insiste en que hay que salir del túnel de ese único indicador y aprender a leer las Declaraciones Ambientales de Producto (DAPs), que recogen hasta dieciséis indicadores distintos. «Hay decisiones que no se pueden tomar sólo a partir de la contabilidad del CO2. Habrá decisiones en las que el CO2 de dos opciones sea muy parecido y buscaremos otros indicadores: biodegradabilidad, reciclabilidad, afectación a la biosfera. No hay siempre una solución buena o mala: depende del contexto, del clima, del uso, de lo que saben hacer los constructores de la zona».

Aquí la intuición y la medición vuelven a aparecer como herramientas complementarias, no excluyentes. La regla de que lo que más pesa más impacta orienta rápidamente hacia dónde mirar primero. El cálculo riguroso precisa cuánto y en qué condiciones. «A veces con la intuición llegas al mismo sitio que con el cálculo, pero no siempre. Hay casos que no son nada intuitivos. Por eso hay que medir: para saber cuándo la intuición funciona y cuándo te engaña».

El proyecto Indicate (indicatedata.com) es un recurso que Laura recomienda como punto de partida: recoge datos de edificios reales españoles que permiten establecer referencias de sector y comparar el desempeño de los propios proyectos. Una base empírica sin la cual cualquier afirmación sobre si un edificio es «bueno» o «malo» en carbono embebido no tiene referencia con qué compararse.

Ligado a esto está la necesidad de recuperar una actitud ante el mantenimiento que el sector ha ido perdiendo. «Hasta ahora la tradición te permitía hacer un edificio de tapia y encalarlo sin necesidad de otro revoco, pero sabías que cada cierto tiempo tenías que encalarlo de nuevo. Y eso no suponía que el edificio fuera malo: lo cuidabas. Es como tu coche: cada cierto tiempo pasa la ITV. Pues un edificio también. Hay materiales con mantenimiento de bajo impacto que, comparados con otros más durables, pero con muchísimo más impacto inicial, pueden salir mejor a lo largo del ciclo de vida. Hay que calcularlo».

 

Del presupuesto de euros al presupuesto de carbono

Llegados a este punto, la pregunta que este artículo tiene pendiente desde el principio es inevitable: ¿qué lugar ocupa el arquitecto técnico en este nuevo escenario? La respuesta de Laura es la más específica y directa que hemos recibido en ninguna de las entregas anteriores de esta serie, y merece reproducirse con cuidado porque no está formulada como un deseo sino como una observación práctica.

«En España, el cálculo del CO2 embebido está muy relacionado con las bases de presupuestos y los softwares de medición que ya existen. Los arquitectos técnicos precisamente ya conocen los precios por metro cuadrado de cada solución y podrían empezar a conocer también el consumo de CO2 por metro cuadrado. O al menos, cuando hacen el presupuesto, tener ese software e ir viendo: esto cuesta más en euros, pero menos en carbono. Es decir, empezar a hablar del CO2 en términos de un presupuesto más, porque a largo plazo está afectando, y es otro presupuesto que el Estado y la sociedad tendrán que asumir de una manera u otra».

Ciclo de vida y ahorro de CO2 en la reutilización de pavimento hidráulico (5)

La posición estratégica del arquitecto técnico -entre el diseño y la ejecución, con conocimiento de detalles y secciones constructivas y de lo que es viable en obra- lo convierte en el agente natural para liderar esta parte del proceso. «En Societat Orgànica, cuando hemos buscado gente nueva para el tema del CO2, hemos buscado arquitectos técnicos. Requerimos de ese conocimiento más de optimización y de sección constructiva al detalle. Creo que podríais empezar a liderar más parte de ello y a destacaros como un agente con quien colaborar más activamente, no sólo en el sentido de hazme este presupuesto y ajústalo».

Hay además un campo emergente donde Laura ve una oportunidad todavía más específica: la reutilización de materiales. «La reutilización es un área donde tenéis mucho que decir. Como gestores de obra, sabéis qué hay en el edificio que se va a derribar, podéis hacer el match con el programa del nuevo, podéis gestionar que eso funcione. Es algo que podéis liderar». El proyecto Recircula (recircula.cat) y la plataforma Wikihousing (wikihousing.cat) son iniciativas que ya están explorando esta dirección en Cataluña, y que pueden servir como referencia para quien quiera entender hacia dónde va este campo.

«En Societat Orgànica hemos buscado arquitectos técnicos para el cálculo de carbono embebido. Tenéis el conocimiento de sección constructiva, los softwares de presupuesto y la posición en obra. Es una oportunidad real.»

 

Cómo empezar

Le pedimos a Laura, como hemos hecho con cada interlocutor de esta serie, que proponga un itinerario para quien quiera profundizar en esta dirección.

Su primer consejo sorprende por su sencillez: estudiar la tradición constructiva. «Volver a mirar cómo trabajaban y diseñaban». No como ejercicio nostálgico sino como reconocimiento de que la arquitectura vernácula lleva siglos respondiendo a los mismos problemas que la normativa contemporánea resuelve con carencias: adaptación al clima, uso de recursos disponibles, mantenimiento accesible. Es también un entrenamiento de la intuición: entender por qué se hacía así ayuda a entender qué pasa cuando se deja de hacer.

El segundo paso es cambiar la mirada cuando se visita un edificio. «Cuando entras a un edificio y te preguntas de qué estará hecho, de qué capas, cómo ha podido cumplir la normativa acústica siendo de madera, cómo ha entrado en precio: empezar a hacerse esas preguntas. Ir a las charlas de esos arquitectos o preguntarles cómo lo han hecho. Y a partir de ahí, pensar: ¿cómo lo haría yo? ¿Cuál sería mi propuesta? ¿Qué cambiaría?». Es un ejercicio que no requiere ningún software ni ninguna formación específica. Sólo curiosidad y la disposición a mirar los materiales como algo que tiene una historia, un impacto y una lógica, no sólo un precio por metro cuadrado.

El tercer paso es más instrumental: aprender a leer las DAPs. «Al principio no sabrás qué quieren decir muchas cosas, pero sí verás el CO2 y podrás empezar a comparar. La EPD en la parte superior te dice cómo se fabrica ese material: a qué temperatura se cuece, cuánta energía consume, qué porcentaje es renovable. Al final, de esa información, puedes empezar a sacar conclusiones simplemente comparando, aunque de momento no quieras ir más allá». Las bases de datos de AENOR y otras plataformas internacionales tienen DAPs disponibles y accesibles.

Y hay también herramientas de cálculo con curvas de aprendizaje asequibles. «Ver tutoriales o usar pruebas gratuitas de algún programa que ya esté calculando CO2. Empezar a ver qué te dice, por qué pasa. Ir viendo intuitivamente». El IVE tiene un curso específico sobre ACV aplicado a la edificación, y el Máster en Arquitectura Sostenible de la Escola Sert -que dirige Luca Volpi- incluye módulos sobre esta materia.

Para quien quiera marcos conceptuales más amplios, Laura menciona el ya citado 34 kilos de CO2, de Toni Solanas, Dani Calatayud y Jorge Claret, que planteó las preguntas correctas hace casi veinte años. Y para quien quiera entender la lógica de los sistemas constructivos con criterios ambientales integrados, señala Wikihousing, un repositorio de referencia del que ya hablamos cuando tratamos el tema de la industrialización en una entrega anterior.

La conclusión con la que cerramos nuestra conversación condensa bien el espíritu de todo lo que ha compartido Laura: «No tanto el qué queremos, sino el qué tenemos. Cuando ha habido crisis y ha habido menos de todo, ha surgido la creatividad. Se han creado nuevos procesos. Estamos ante una crisis. Hay que ser conscientes de ello y empezar a pensar: tengo esto, ¿cómo puedo conseguir la máxima habitabilidad con lo que tengo alrededor?».

«No se trata de qué queremos. Se trata de qué tenemos. ¿Cómo hacemos la máxima habitabilidad con lo que tenemos alrededor?»

Es una pregunta que, formulada así, podría parecer una limitación. Nuestra invitada la presenta como lo contrario: como la apertura de un espacio de creatividad que el sector lleva demasiado tiempo sin explorar. Y como una invitación, dirigida en particular a los arquitectos técnicos, a ocupar un lugar en ese espacio que todavía está, en gran medida, libre.

 

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Laura Reus es arquitecta, titulada en 2014. Máster en Sostenibilidad y Diseño Pasivo por la UPC. Postgrado de Gestión de Proyectos de Bioconstrucción, con tesis sobre la aplicación climática de la tapia con cáñamo en España. Tiene experiencia en el ámbito residencial y educativo y en eficiencia energética, en proyectos nacionales e internacionales. Especializada en arquitectura bioclimática y análisis de ciclo de vida de materiales. Es socia de Societat Orgànica, donde trabaja como consultora de materiales, de metodología ACV y de proyectos europeos. Más información: societatorganica.com

 

Bibliografía

  • DataAE. Edificio IMPSOL Sant Vicenç dels Horts. https://dataae.com
  • Societat Orgànica. Rehabilitación del complejo La Model, Barcelona. https://www.societatorganica.com
  • HArquitectes. Edificio IBAVI con fachada de material reutilizado. https://harquitectes.com
  • Labaula SCCL, Stem Arquitectes & Societat Orgànica. Estudio de impacto del parking soterrado, Cal Paler Nou, Cardedeu, Sostre Cívic. https://sostrecivic.coop
  • Recircula. Proyecto Recircula. https://recircula.cat
  • Reconstruct Project. Proyecto Reconstruct. https://reconstruct-project.eu
  • Indicate Data. Proyecto Indicate. https://indicatedata.com
  • Wikihousing. Wikihousing. https://wikihousing.cat
  • AENOR. Declaraciones Ambientales de Producto (DAP). https://www.aenor.com
  • Comité Europeo de Normalización. (2011–2019). Normas EN 15978 y EN 15804. CEN.
  • Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana (MIVAU). ARCE 2050. https://www.mivau.gob.es
  • Green Building Council España (GBCe). Informe Building Life. https://gbce.es
  • Solanas, T., Calatayud, D., & Claret, J. (2008). 34 kilos de CO2.
  • Green Building Council España (GBCe). (2024). Informe País 2024. https://gbce.es

 

Referencias

(1) La inclusión de sótano de aparcamiento puede doblar o triplicar el impacto total. Fuente: Societat Orgànica / Labaula / Stem Arquitectes.

(2) Edificio IMPSOL Sant Vicenç dels Horts. Fuente: Laura Reus / Societat Orgànica / DataE.

(3) La zona sombreada indica la franja de referencia de equipamiento en obra nueva. Fuente: Laura Reus / Societat Orgànica.

(4) La zona sombreada indica la franja de referencia de vivienda en obra nueva. Fuente: Laura Reus / Societat Orgànica.

(5) –74,6% de emisiones respecto al material habitual. Fuente: Societat Orgànica / Proyecto Recircula.

 
 


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